|
XI. MEMES: LOS NUEVOS REPLICADORES El gen egoísta Hasta ahora no he hablado mucho sobre el hombre en particular, aun cuando tampoco lo he excluido de manera deliberada. Una de las razones por las cuales he empleado el término «máquina de supervivencia» es su ventaja sobre la palabra «animal», que hubiese excluido a las plantas y, en la mente de algunas personas, a los seres humanos. Las hipótesis que he planteado deberían, a primera vista, aplicarse a cualquier ser en evolución. Si se ha de exceptuar a alguna especie debe ser por muy buenas razones particulares. ¿Existe alguna buena razón para suponer que nuestra propia especie es única? Pienso que la respuesta debe ser afirmativa. La mayoría de las características que resultan inusitadas o extraordinarias en el hombre pueden resumirse en una palabra: «cultura». No empleo el término en su connotación presuntuosa sino como la emplearía un científico. La transmisión cultural es análoga a la transmisión genética en cuanto, a pesar de ser básicamente conservadora, puede dar origen a una forma de evolución. Geoffrey Chaucer no podría mantener una conversación con un moderno ciudadano inglés, pese a que están unidos uno al otro por una cadena ininterrumpida de unas veinte generaciones de ingleses, cada uno de los cuales podía hablar con sus vecinos inmediatos de la cadena igual que un hijo habla a su padre. Parece ser que el lenguaje «evoluciona» por medios no genéticos y a una velocidad más rápida en órdenes de magnitud que la evolución genética. La transmisión cultural no es un fenómeno exclusivo del hombre. El mejor ejemplo, no humano, que conozco ha sido recientemente presentado por P. F. Jenkins al describir el canto de un pájaro del orden de los paseriformes que vive en unas islas frente a Nueva Zelanda. En la isla en que él trabajó había un repertorio total aproximado de nueve cantos distintos. Cualquier macho determinado entonaba solamente uno o unos pocos de esos cantos. Los machos pudieron ser clasificados en grupos según los dialectos. Por ejemplo, un grupo de ocho machos con territorios aledaños entonaban un canto determinado, llamado canción CC. Otros grupos dialectales entonaban cantos diferentes. En ciertas ocasiones los miembros de un grupo clasificados según el dialecto compartían más de una canción. Comparando las canciones de los padres y las de los hijos, Jenkins demostró que los tipos o modelos de canciones no eran heredados genéticamente. Cada joven macho podía adoptar canciones de sus vecinos territoriales por imitación, de una manera análoga al lenguaje humano. Durante la mayor parte del tiempo que Jenkins pasó allí, había un número fijo de canciones en la isla, una especie de «acervo de canciones» del cual cada macho extraía su propio pequeño repertorio. Pero, en ciertas ocasiones, Jenkins tuvo el privilegio de presenciar el «invento» de una nueva canción, que ocurría al cometerse una equivocación al imitar una antigua. Lo describe así: «Se ha demostrado que surgen nuevas formas de canciones ya sea por cambio de tono de una nota, por repetición de una nota, omisión de notas y combinación de partes o trozos de otras canciones existentes... La aparición de la nueva forma se producía abruptamente y el producto era bastante estable durante un período de años. Más adelante, en cierto número de casos, la variante era transmitida con precisión en su nueva forma a jóvenes reclutas, de manera que se desarrollaba un grupo coherente y reconocible de cantores.» Jenkins se refiere a los orígenes de nuevas canciones como «mutaciones culturales». El canto de este paseriforme evoluciona ciertamente por medios no genéticos. Existen otros ejemplos de evolución cultural en pájaros y en monos, pero sólo se trata de curiosas rarezas. Nuestra propia especie es la que realmente demuestra lo que la evolución cultural puede lograr. El lenguaje sólo es un ejemplo entre muchos. Las modas en el vestir y en los regímenes alimentarios, las ceremonias y las costumbres, el arte y la arquitectura, la ingeniería y la tecnología, todo evoluciona en el tiempo histórico de una manera que parece una evolución genética altamente acelerada, pero en realidad nada tiene que ver con ella. Sin embargo, al igual que en la evolución genética, el cambio puede ser progresivo. En cierto sentido, la ciencia moderna es en verdad mejor que la ciencia antigua. No solamente cambia nuestra comprensión del universo a medida que transcurren los siglos, sino que también la mejora. Se ha admitido que el actual estallido de progresos se remonta sólo al Renacimiento, que fue precedido por un período deprimente de estancamiento en el cual la cultura científica quedó petrificada al nivel alcanzado por los griegos. Pero, como vimos en el capítulo V, la evolución genética también puede seguir un curso de breves estallidos entre niveles estables. La analogía entre la evolución cultural y la genética ha sido frecuentemente señalada, en ocasiones en el contexto de innecesarias alusiones místicas. La analogía entre progreso científico y evolución genética por selección natural ha sido ilustrada especialmente por sir Karl Popper. Desearía adentrarme algo más en algunos sentidos que también están siendo explorados, por ejemplo, por el genetista L. L. Cavalli-Sforza, el antropólogo F. T. Cloak y el etólogo J. M. Cullen. Como entusiasta darwiniano que soy, no me he sentido satisfecho con las explicaciones dadas por aquellos que comparten mi entusiasmo respecto al comportamiento humano. Han intentado buscar «ventajas biológicas» en diversos atributos de la civilización humana. Por ejemplo, la religión tribal ha sido considerada como un mecanismo de cristalización de la identidad de un grupo, válida para las especies que cazan en grupos y cuyos individuos confían en la cooperación para atrapar una presa grande y rápida. Con frecuencia tales teorías son estructuradas en base a preconceptos evolutivos y sus términos son implícitamente partidarios de la selección de grupos, pero es posible replantear dichas teorías en términos de la ortodoxa selección de genes. El hombre puede muy bien haber pasado grandes porciones de los últimos millones de años viviendo en pequeños grupos integrados por parientes. La selección de parentesco y la selección en favor del altruismo recíproco pudo actuar sobre los genes humanos para producir gran parte de nuestras tendencias y de nuestros atributos psicológicos básicos. Estas ideas parecen satisfactorias hasta este momento, pero encuentro que no afrontan el formidable desafío de explicar la cultura, la evolución cultural y las inmensas diferencias entre las culturas humanas alrededor del mundo, que abarcan desde el total egoísmo de los Ik de Uganda, según la descripción de Colin Turnbull, hasta el gentil altruismo del Arapesh de Margaret Mead. Pienso que debemos empezar nuevamente desde el principio hasta remontarnos a los primeros orígenes. La hipótesis que plantearé, por muy sorprendente que pueda parecer al provenir del autor de los capítulos precedentes, es que, para una comprensión de la evolución del hombre moderno, debemos empezar por descartar al gen como base única de nuestras ideas sobre la evolución. Soy un entusiasta darwiniano, pero creo que el darwinismo es una teoría demasiado amplia para ser confinada en el estrecho contexto del gen. El gen figurará en mi tesis como una analogía, nada más. ¿Qué es, después de todo, lo peculiar de los genes? La respuesta es que son entidades replicadoras. Se supone que las leyes de la física son verdaderas en todo el universo accesible. ¿Existe algún principio en biología que pueda tener una validez universal semejante? Cuando los astronautas viajan a los distantes planetas y buscan indicios de vida, acaso esperen hallar criaturas demasiado extrañas y sobrenaturales para que pueda concebirlas nuestra imaginación. Pero, ¿existe algo que sea cierto para todo tipo de vida, dondequiera que se encuentre y cualquiera que sea la base de su química? Si existen formas de vida cuya química esté basada en el silicio en lugar del carbón, o en el amonio en lugar del agua; si se descubren criaturas que mueren al ser hervidas a -100 grados centígrados; si se descubre una forma de vida que no esté basada en absoluto en la química sino en reverberantes circuitos electrónicos, ¿existirá aún algún principio general que sea válido respecto a todo tipo de vida? Obviamente no lo sé, pero si tuviese que apostar, pondría mi dinero en un principio fundamental. Tal es la ley según la cual toda vida evoluciona por la supervivencia diferencial de entidades replicadoras.55 El gen, la molécula de ADN, sucede que es la entidad replicadora que prevalece en nuestro propio planeta. Puede haber otras. Si las hay, siempre que se den otras condiciones, tenderán, casi inevitablemente, a convertirse en la base de un proceso evolutivo. Pero, ¿debemos trasladarnos a mundos distantes para encontrar otros tipos de replicadores y, por consiguiente, otros tipos de evolución? Pienso que un nuevo tipo de replicador ha surgido recientemente en este mismo planeta. Lo tenemos frente a nuestro rostro. Se encuentra todavía en su infancia, aún flotando torpemente en su caldo primario, pero ya está alcanzando un cambio evolutivo a una velocidad que deja al antiguo gen jadeante y muy atrás. El nuevo caldo es el caldo de la cultura humana. Necesitamos un nombre para el nuevo replicador, un sustantivo que conlleve la idea de una unidad de transmisión cultural, o una unidad de imitación. «Mímeme» se deriva de una apropiada raíz griega, pero deseo un monosílabo que suene algo parecido a «gen». Espero que mis amigos clasicistas me perdonen si abrevio mímeme y lo dejo en meme.56 Si sirve de algún consuelo, cabe pensar, como otra alternativa, que se relaciona con «memoria» o con la palabra francesa même. En inglés debería pronunciarse «mi:m». Ejemplos de memes son: tonadas o sones, ideas, consignas, modas en cuanto a vestimenta, formas de fabricar vasijas o de construir arcos. Al igual que los genes se propagan en un acervo génico al saltar de un cuerpo a otro mediante los espermatozoides o los óvulos, así los memes se propagan en el acervo de memes al saltar de un cerebro a otro mediante un proceso que, considerado en su sentido más amplio, puede llamarse de imitación. Si un científico escucha o lee una buena idea, la transmite a sus colegas y estudiantes. La menciona en sus artículos y ponencias. Si la idea se hace popular, puede decirse que se ha propagado, esparciéndose de cerebro en cerebro. Como mi colega N. K. Humphrey claramente lo resumió en un previo borrador del presente capítulo: «...se debe considerar a los memes como estructuras vivientes, no metafórica sino técnicamente.57 Cuando plantas un meme fértil en mi mente, literalmente parásitas mi cerebro, convirtiéndolo en un vehículo de propagación del meme, de la misma forma que un virus puede parasitar el mecanismo genético de una célula anfitriona. Y ésta no es sólo una forma de expresarlo: el meme, para digamos creer en la vida después de la muerte, se ha realizado en verdad físicamente, millones de veces, como una estructura del sistema nervioso de los hombres individuales a través del mundo.» Consideremos la idea de Dios. Ignoramos cómo surgió en el acervo de memes. Probablemente se originó muchas veces mediante «mutaciones» independientes. En todo caso es muy antigua, ciertamente. ¿Cómo se replica? Mediante la palabra escrita o hablada, con ayuda de una música maravillosa y un arte admirable. ¿Por qué tiene un valor tan alto de supervivencia? Recordemos que aquí el «valor de supervivencia» no significa valor para un gen en un acervo génico, sino valor para un meme en un acervo de memes. La pregunta significa realmente: ¿Qué hay en la idea de un dios que le da estabilidad y penetración en el medio cultural? El valor de supervivencia del meme dios en el acervo de memes resulta de la gran atracción psicológica que ejerce. Aporta una respuesta superficialmente plausible a problemas profundos y perturbadores sobre la existencia. Sugiere que las injusticias de este mundo serán rectificadas en el siguiente. Los «brazos eternos» sostienen un cojín que amortigua nuestras propias insuficiencias y que, a semejanza del placebo de un médico, no es menos efectivo que éste por el hecho de ser imaginario. Éstas son algunas de las razones de por qué la idea de Dios es copiada tan prontamente por las generaciones sucesivas de cerebros individuales. Dios existe, aun cuando sea en la forma de un meme con alto valor de supervivencia, o poder contagioso, en el medio ambiente dispuesto por la cultura humana. Algunos de mis colegas me han sugerido que esta exposición del
valor de supervivencia del meme dios da por supuesto lo que queda por
probar. En último análisis desean siempre retroceder a
la «ventaja biológica». Para ellos no es suficiente
decir que la idea de un dios ejerce una «gran atracción
psicológica». Desean saber por qué es así.
La atracción psicológica significa una atracción
que experimentarían los cerebros, y éstos son diseñados
por la selección natural de los genes en los acervos génicos.
Desean saber alguna forma por la cual el poseer un cerebro con tales
características mejora la supervivencia de los genes. Lo anteriormente expuesto me lleva a considerar la tercera cualidad
general de los replicadores prósperos: la fidelidad de las copias.
Debo admitir aquí que me encuentro en un terreno no muy firme.
A primera vista parece que los memes no son, en absoluto, replicadores
de alta fidelidad. Cada vez que un científico escucha una idea
y la transmite a otro, tiende a cambiarla algo. No he hecho ningún
secreto de mi deuda, en el presente libro, a las ideas de R. L. Trivers.
Sin embargo no las he repetido según sus propias palabras. Las
he tergiversado de acuerdo a mis propósitos, cambiando el énfasis,
amalgamándolas con ideas propias o de otra gente. Los memes son
transmitidos de una forma alterada. Esto no parece propio de la cualidad
particular del «todo o nada» de la transmisión de
los genes. Parece como si la transmisión de los memes se vea
sometida a una mutación constante, y también a una fusión. No importa lo especulativo que pueda ser mi desarrollo de la teoría
de los memes, existe un punto importante que me gustaría recalcar
de nuevo. Y es que cuando consideramos la evolución de los rasgos
culturales y su valor de supervivencia debemos tener en claro de qué
supervivencia estamos hablando. Los biólogos, como hemos visto,
están acostumbrados a buscar las ventajas a nivel de genes (o
de individuos, o de grupos o a nivel de las especies, según el
gusto). Lo que no hemos considerado previamente es que una característica
cultural puede haber evolucionado de la manera que lo ha hecho simplemente
porque es ventajoso para ella misma. No debemos buscar valores de supervivencia biológica convencionales
de características tales como la religión, la música,
y las danzas rituales, aunque también pueden estar presentes.
Una vez que los genes han dotado a sus máquinas de supervivencia
con cerebros que son capaces de rápidas imitaciones, los memes
automáticamente se harán cargo de la situación.
Ni siquiera debemos postular una ventaja genética en la imitación,
aunque ciertamente ello ayudaría. Sólo es necesario que
el cerebro sea capaz de imitar: evolucionarán memes que
explotarán tal capacidad en toda su extensión.
REFERENCES
55 Mi apuesta a que toda vida, en cualquier lugar del universo, habría evolucionado por medios darwinianos ha quedado formulada y justificada más detalladamente en mi artículo «Darwinismo universal» y en el último capítulo de El relojero ciego. Demuestro allí que todas las alternativas al darwinismo sugeridas son, por principio, incapaces de explicar la complejidad organizada de la vida. El argumento es de carácter general, y no basado en hechos particulares sobre la vida, según la conocemos hoy. Como tal, ha sido criticada por científicos lo suficientemente pedestres como para pensar que esclavizarse a una probeta (o a un cultivo frío y turbio) constituye el único método de descubrimiento posible en la ciencia. Un crítico se quejaba de que mi argumentación era «filosófica», como si eso fuese una suficiente condena. Filosófica o no, el hecho es que ni él ni nadie ha encontrado fallo alguno en mis afirmaciones. Y los argumentos «de principio» como el mío, lejos de ser irrelevantes para el mundo real, pueden ser más poderosos que los argumentos basados en una investigación fáctica particular. Mi razonamiento, si es correcto, revela algo importante sobre la vida en el universo. La investigación de laboratorio y de campo sólo puede hablarnos de la vida que hemos encerrado en ambos lugares.
56 Al parecer, el término «meme» está resultando un buen meme. Hoy se utiliza mucho y en 1988 se unió a la lista oficial de términos a considerar en las futuras ediciones de los Diccionarios de Inglés de Oxford. Por ello me siento más obligado a repetir que mis propuestas relativas a la cultura humana eran modestas casi hasta el aburrimiento. Mis verdaderas ambiciones y son verdaderamente grandes van absolutamente en otra dirección. Pretendo postular un poder casi ilimitado para entidades autorreplicadoras ligeramente inexactas, tan pronto como surgen en cualquier lugar del universo. Ello se debe a que tienden a convertirse en la base de la selección darwiniana que, con las suficientes generaciones, desarrolla acumulativamente sistemas de gran complejidad. Creo que, en las condiciones adecuadas, los replicadores se unen automáticamente para crear sistemas, o máquinas, que los dispersan y actúan para favorecer su continua replicación. Los diez primeros capítulos de El gen egoísta se han centrado exclusivamente en un tipo de replicador, el gen. Al analizar los memes en el último capítulo estaba intentado hacer una defensa de los reproductores en general, y mostrar que los genes no eran los únicos miembros importantes de esa importante clase. No estoy seguro de si el medio de la cultura humana está realmente en posesión de lo que supone mantener en funcionamiento una forma de darwinismo. Pero en cualquier caso es una cuestión secundaria. El capítulo XI habrá cumplido su misión si el lector cierra el libro con la sensación de que las moléculas de ADN no son las únicas entidades que pueden formar la base de la evolución darwiniana. Mi propósito era recortar a escala los genes, y no esculpir una gran teoría de la cultura humana. 57 El ADN es una pieza de soporte físico autorreplicadora. Cada pieza tiene una estructura particular, diferente de otras piezas rivales de ADN. Si los memes de los cerebros son análogos a los genes, deben ser estructuras cerebrales autorreplicadoras, patrones reales de conexión neurona! que se reconstruyen a sí mismos en un cerebro después de otro. Siempre había sentido cierta aprensión a expresar esto en voz alta, porque sabemos mucho menos sobre el cerebro que sobre los genes y, por tanto, tenemos una idea necesariamente vaga acerca de cómo podría ser una estructura cerebral semejante. Por tanto me sentí muy aliviado al recibir recientemente un interesante artículo de Juan Delius, de la Universidad alemana de Constanza. Delius, al contrario que yo, no tiene que pedir disculpas, porque es un distinguido científico en el campo de la fisiología cerebral, cosa que yo no soy. Por ello me complace que haya sido lo suficientemente audaz como para ilustrar la idea publicando una detallada imagen de cómo podría ser el soporte físico neuronal de un meme. Entre otras interesantes cosas, analiza, mucho más detenidamente que yo, la analogía entre memes y parásitos; para ser más preciso, en el espectro en el que los parásitos malignos constituyen un extremo y los benignos «simbiontes» el otro extremo. Me gusta especialmente este enfoque por mi propio interés en los efectos «fenotípicos extendidos» de los genes parasitarios sobre la conducta del huésped (véase el capítulo XIII de este libro y especialmente el capítulo XII de The Extended Phenotype). Delius, además, subraya la clara separación existente entre los memes y sus efectos («fenotípicos»). Y reitera la importancia de los complejos de memes coadaptados, en los que se seleccionan los memes por su mutua compatibilidad. 58
El ejemplo que puse de la canción «Auld Lang Syne»
fue, inconscientemente, un ejemplo afortunado y revelador. Se debe a
que, casi universalmente, se reproduce con un error, con una mutación.
El estribillo se canta, casi siempre, como «For the sake of auld
lang syne», mientras que lo que Burns escribió realmente
fue «For auld lang syne». Un darwiniano de tendencia mémica
se preguntará inmediatamente cuál ha sido el «valor
de supervivencia» de la frase interpolada, «the sake of»
(en razón de). Recuérdese que no estamos buscando las
formas en que las personas puedan haber sobrevivido mejor cantando
la canción de diferente manera. Estamos buscando formas en las
que la propia alteración pueda haber sido buena para sobrevivir
en el acervo mémico. Todo el mundo aprende esta canción
en la infancia, no leyendo a Burns, sino oyendo cantar la canción
en la víspera de Año Nuevo. Se presume que antiguamente
todo el mundo cantaba la canción correctamente. «For the
sake of» debe haber surgido como una rara mutación. Nuestra
pregunta es: ¿por qué se ha extendido la mutación
inicialmente rara de forma tan insidiosa que ha pasado a ser la norma
en el acervo mémico? 59
Odiaría esta idea si se interpretase como que su carácter
«pegadizo» es el único criterio de aceptación
de una idea científica. ¡Después de todo, algunas
ideas científicas son efectivamente correctas, y otras no! Su
corrección puede contrastarse; puede diseccionarse su lógica.
En realidad, las teorías científicas no son como las melodías
pop, las religiones o los peinados punk. No obstante,
además de una lógica, existe una sociología de
la ciencia. Algunas ideas científicas malas pueden difundirse
considerablemente, al menos durante un tiempo. Y algunas buenas ideas
permanecen dormidas durante años antes de, finalmente, atraer
y colonizar la imaginación científica.
Figura 1. Citas anuales de Hamilton (1964) en el Science Citation Index cada persona transmite el virus a otras varias, cada una de las cuales
lo transmite a su vez al mismo número de personas, con lo que
el número de víctimas aumenta a un ritmo cada vez mayor.
Una curva se diagnostica como exponencial cuando se convierte en una
línea recta trazándola a escala logarítmica. No
es necesario, pero es conveniente y convencional, trazar estas gráficas
logarítmicas acumulativamente. Si la difusión del meme
de Hamilton fuese realmente como una epidemia, los puntos de una gráfica
logarítmica acumulativa deberían disponerse a lo largo
de una única línea recta. ¿Es así?
Figura 2. Acumulación logarítmica de citas de Hamilton (1964)
La figura 3 también muestra las frecuencias de cita en acumulación logarítmica de otras tres obras (que, dicho sea de paso, también influyeron mucho en la primera edición de este libro). Se trata del libro de 1966 de Williams. Adaptation and natural selection; el artículo de 1971 de Trivers sobre el altruismo recíproco; y el artículo de 1973 de Maynard Smith y Price que introduce la idea de EEE. Los tres muestran curvas que parece claro no son exponenciales en todo este período de tiempo. Sin embargo, también en estas obras las tasas anuales de cita están lejos de ser uniformes, y en parte de su curso pueden ser incluso exponenciales. La curva de Williams, por ejemplo, es aproximadamente una línea recta en la escala logarítmica a partir de 1970, lo que sugiere que también entró en una etapa explosiva de influencia. Hasta aquí he representado la influencia de determinados libros en la difusión del meme de Hamilton. No obstante, este pequeño fragmento de análisis mémico tiene un post scriptum aparentemente sugestivo. Como en el caso del «Auld Lang Syne» y «Rule Britannia», nos encontramos ante un esclarecedor error mutante. El título correcto del par de artículos de 1964 de Hamilton era «The genetical evolution of social behaviour». Desde mediados a finales de los 70, multitud de publicaciones, entre las que se encuentran la Sociobiología y El gen egoísta, lo citaron erróneamente como «The genetical theory of social behaviour». Jon Seger y Paul Harvey han investigado la primera muestra de este meme mutante, pensando que constituiría un buen marcador, una especie de contador radiactivo, para rastrear la influencia científica. Lo remontaron al influyente
Figura 3. Citas en acumulación logarítmica de tres obras no realizadas por Hamilton, comparadas con la curva «teórica» de las obras de Hamilton (detalles explicados en el texto) libro de Wilson Sociobiología, publicado en 1975, e incluso encontraron pruebas indirectas de este pedigree sugerido. Por mucho que admire el tour de forcé de Wilson desearía que la gente lo leyese más y leyese menos sobre él siempre se me ponen los pelos de punta ante la idea, totalmente falsa, de que este libro ha influido en el mío. Sin embargo, como también mi libro contenía la cita mutante el «indicador radioactivo» empezó a parecer, de un modo alármame, que al menos un meme había viajado de Wilson a mí (!). No habría tenido nada de particular, pues la Sociobiología llegó a Inglaterra precisamente cuando yo concluía El gen egoísta, en el mismo momento en que debía trabajar en la bibliografía. La masiva bibliografía de Wilson me pareció un regalo de los dioses, que me ahorraba horas de biblioteca. Mi desazón se convirtió en júbilo cuando encontré, por casualidad, una vieja bibliografía estenografiada que entregué a los estudiantes en una conferencia dada en Oxford en 1970. Allí figuraba, tan real como la vida misma, «The genetical theory of social behaviour», cinco años antes de la publicación de Wilson. No es posible que Wilson hubiese conocido mi bibliografía de 1970. No había duda: ¡Wilson y yo habíamos introducido independientemente el mismo gen mutante! Cómo puede explicarse esta coincidencia? Una vez más, como en el caso de «Auld Lang Syne», no hay que buscar muy lejos la explicación plausible. El famoso libro de R.A. Fisher se denomina The genetical theory of natural selection. Este título se ha convertido hasta tal punto en expresión común entre los biólogos evolucionistas que nos resulta difícil oír las dos primeras palabras sin añadir, automáticamente, la tercera. Sospecho que tanto Wilson como yo hicimos exactamente lo mismo. Es una conclusión feliz para todos los afectados, pues ¡a nadie le importa admitir haber experimentado la influencia de Fisher! 60 Obviamente, era predecible que también los ordenadores electrónicos sirviesen eventualmente de huésped a pautas de información autorreplicadoras: memes. Los ordenadores están, cada vez más, ligados en complejas redes de información compartida. Muchos de ellos están literalmente conectados para el intercambio de correo electrónico. Otros comparten información cuando sus propietarios se intercambian los diskettes. Es un medio perfecto para que surjan y se difundan programas autorreplicadores. Cuando escribí la primera edición de este libro, era lo suficientemente ingenuo como para pensar que un meme no deseable de ordenador tenía que surgir por un error espontáneo de copia de un programa legal, y lo consideraba un suceso improbable. ¡Ay, qué tiempos aquellos, cuánta inocencia! Las epidemias de «virus» y «gusanos» propalados deliberadamente por programadores maliciosos, son hoy peligros conocidos por los usuarios de todo el mundo. Durante el pasado año, mi propio disco duro se ha infectado, que yo sepa, con dos diferentes epidemias de virus, y ésto constituye una experiencia bastante típica entre los usuarios intensivos de ordenadores. No voy a citar los nombres de virus particulares por temor a dar una pequeña repugnante satisfacción a sus repugnantes y mezquinos creadores. Digo «repugnantes» porque su conducta me parece moralmente idéntica a la de un técnico de un laboratorio de microbiología que, deliberadamente, infecta el agua potable y siembra una epidemia para reírse disimuladamente de la gente que enferma. Digo «mezquinos» porque estas personas poseen una mente mezquina. No tiene nada de particular crear un virus de ordenador. Cualquier programador medianamente competente puede hacerlo, y los programadores medianamente competentes son moneda común en el mundo actual. Yo mismo soy uno de ellos. Ni siquiera me molestaré en explicar cómo actúan los virus de ordenador. Es demasiado evidente. Lo que no es tan fácil es saber cómo combatirlos. Desgraciadamente, algunos programadores muy expertos han tenido que gastar su precioso tiempo en escribir programas detectores de virus, programas de inmunización, etc. (la analogía con la vacuna médica, dicho sea de paso, es sorprendentemente precisa, hasta en la inyección de una «versión debilitada» del virus). El peligro está en que terminará por producirse una carrera de armamentos, en la que cada adelanto en la prevención de un virus irá seguido de contraadelantos en los nuevos programas de virus. Hasta ahora, la mayoría de los programas antivirus están escritos por altruistas y se suministran en calidad de servicio gratuito. Pero yo preveo el resurgir de toda una nueva profesión que luego se diversificará en especialidades lucrativas como cualquier otra profesión de «médicos del soporte lógico», que visitarán a domicilio con su maletín lleno de diskettes diagnósticos y curativos. Utilizo el nombre de «médicos», pero los verdaderos médicos resuelven problemas naturales que no han sido creados deliberadamente por la malicia humana. Por otra parte, mis médicos del soporte lógico resolverán, como los abogados, problemas creados por el hombre que nunca debieron haberse producido. En la medida en que los creadores de virus tengan algún motivo discernible, es de suponer que será un vago sentimiento anárquico. Pues bien, yo les digo: ¿realmente quieren abrir el camino a una nueva y opulenta profesión? Si no es así, dejen de jugar a absurdos memes, y utilicen mejor su modesto talento como programadores. 61
He tenido el predecible aluvión de cartas de víctimas
de la fe, protestando por mis críticas a ésta. La fe es
un lavado de cerebro tan exitoso y autoperpetuador, sobre todo en los
niños, que es difícil de desarraigar. Pero, después
de todo, ¿qué es la fe? Es un estado mental que lleva
a la gente a creer en algo no importa qué en ausencia
total de evidencia que lo apoye. Si hubiese una buena evidencia de apoyo,
la fe sería superflua, pues la evidencia nos haría creer
en ello de todos modos. Esto es lo que hace absurda la tan repetida
idea de que «la propia evolución es cuestión de
fe». La gente cree en la evolución no porque desee creer
arbitrariamente en ella, sino por la abrumadora evidencia pública
que la apoya. 62
El tono optimista de mi conclusión ha suscitado muestras de escepticismo
entre los críticos, que lo consideran incongruente con el resto
de mi libro. En algunos casos, la crítica procede de sociobiólogos
doctrinarios celosos protectores de la importancia de la influencia
genética. En otros, de un grupo paradójicamente opuesto:
los sumos sacerdotes de la izquierda, celosos protectores de su icono
demonológico favorito. Rose, Kamin y Lewontin, en Not in our
genes tienen un duende privado denominado «reduccionismo»;
y los mejores reduccionistas se supone que son «deterministas»,
preferiblemente «deterministas genéticos».
Richard Dawkins
|
© Copyfreedom anatomiafractal.com 2006 JDL